Cuando estábamos acabando la ESO, a muchos de nosotros nos cogieron por banda y nos preguntaron: “¿has pensado qué quieres ser de mayor?” Una pregunta (aparentemente) simple pero de difícil respuesta. El objetivo, más que respetable, era saber hacia dónde queríamos encaminarnos una vez terminada la ESO, para intentar ayudarnos (en la medida de lo posible) a tomar la decisión correcta.
A los que nos veían con “ganas” de estudiar, nos explicaron que...“En nuestro sistema educativo los que más estudien podrán ir a la universidad si superan una nota de corte, y los que la superen podrán estudiar una carrera. Pero lo difícil aún está por llegar -nos dijeron-, ya que estudiar una carrera requiere esfuerzo y constancia. Los que se sacrifiquen acabarán la carrera y tendrán un título que lo acreditará. Con este título accederéis al mundo laboral con la posibilidad de trabajar en puestos sólo aptos por universitarios, con un sueldo a la altura, y a corto o medio plazo tendréis más oportunidades que los que no hayan seguido este camino.”
Suena bien, pero a la hora de la verdad, ¿qué? ¡Nada!
Me parece perfecto que el sistema intente ser el máximo equitativo posible a la hora de brindar la oportunidad de estudiar una carrera, pero si pensamos en el mañana y en el futuro de los jóvenes, llegamos a la conclusión que no todos pueden ser universitarios.
Al final resulta que la oferta universitaria es tan grande que para llenar las aulas hay que aceptar notas de corte bajísimas. Lo peor llega cuando uno entra al mundo laboral con su magnífico título bajo el brazo: el sistema no es capaz de absorber a tantos titulados. No hay “puestos sólo aptos por universitarios, con un sueldo a la altura, y a corto o medio plazo tendréis más oportunidades que los que no hayan seguido este camino” para todos.
Después de invertir un dinero y un tiempo a un proyecto como este, llega la hora de la verdad, la hora de recoger los frutos (que nos prometieron) del esfuerzo (que nos exigieron), y uno se siente estafado.
Somos una generación estafada, sí, pero no podemos aceptar ser una generación perdida.
Esto no es un fracaso, sino un reto.
El Aprendiz
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